Madrid Arena

Compromiso con la ética periodística

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Podría parecer que el avance de los medios de comunicación ha supuesto una democratización de la actividad periodística. En los últimos tiempos así ha sido. El liberalismo de la información que ha producido la penetración de internet en las sociedades ha supuesto un cambio impensable, que en su forma haría aplaudir al mismo Melchor de Jovellanos, pero que en su contenido ha modificado varios hábitos que lo han hecho más complejo, pues los filtros se han diversificado para adaptarse al amplio público al que se dirigen en base a un mismo propósito, la rentabilidad económica.

Cuando en una publicación la rentabilidad económica se compromete a girar siempre en torno a dos factores numéricos como son la publicidad y la audiencia, el compromiso con la veracidad y la libertad periodística deambula como el de la propaganda política del siglo XVIII. Las publicaciones secuestradas por estos dos factores tienden a simular la publicidad como información, y a tintar la información de color amarillo para atraer audiencia perdida en un abismo de información, sin importar mucho el cómo.

Pero nada de lo escrito supone novedad alguna desde el siglo XVIII hasta la actualidad como si lo hizo la introducción de los códigos éticos estadounidenses a partir de 1910 en respuesta a una lacra que sigue todavía hoy vigente, como lo siguen estando los códigos éticos.

La sofisticación del secuestro publicitario de la información por parte de las agencias de comunicación que contratan publicidad en los medios, es un factor a tener muy en cuenta pues dichas agencias no se rigen por ningún código ético y tratan de extender sus objetivos comunicativos por todos los canales de comunicación. Esos canales incluyen medios o redes sociales con perfiles falsos preparados para intentar desacreditar a personas o periodistas y hacer desaparecer informaciones comprometidas para sus clientes, con la facilidad que otorga disponer de un presupuesto asignado a estas labores y una estrategia conjunta y definida.

Al no existir herramientas jurídicas que puedan objetivamente discernir y condenar el colaboracionismo de la prensa y las agencias en la vulneración con objeto propagandístico del respeto a los más débiles, es entonces cuando la ética periodística debería adquirir relevancia por encima de la ley. Pero esto es algo que no tiene nada que ver ni con la publicidad, ni con la propaganda, ni siquiera con el periodismo. Y es que no existen herramientas jurídicas que puedan recurrir la sentencia a cadena perpetua a la que son condenadas las familias de una persona fallecida en un homicidio, pero sí existen herramientas éticas con las que podemos apaciguar un poco su dolor con el cariño y el apoyo de una sociedad libre expresado a través de sus medios de comunicación. Y es por esto por lo que tras cuatro años de lucha, las familias de Rocío Oña, Cristina Arce, Katia Esteban, Belén Langdon y María Teresa Alonso merecen, una vez más, nuestro compromiso con la ética.

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